
El gobierno de Evo Morales en Bolivia es el inicio de una nueva esperanza para las comunidades indígenas de América, la nación indígena, negada desde la conquista surge en la democracia como un proyecto de integración de los pueblos y de armonía con la naturaleza. Pero al establecerse un nuevo orden en Bolivia, el antiguo régimen procura no perder su poder, mas aun, pretenden recuperarlo sin importar las consecuencias de sus actos. En el caso boliviano las diferencias han sido tajantes y las regiones que reclaman autonomía han llevado sus acciones hasta la violencia, presentando vandalismo, saqueos y muertes. Las regiones de Tarija, Beni, Chuquisaca y Pando se han unido al movimiento de autonomía y separación, coordinadas por la prefectura de Santa Cruz; para los ojos del imperio sería muy conveniente la independencias de estos territorios puesto que son poseedores de las mayores riquezas naturales y agrícolas que tiene el país, además de ser aliados de sus intereses en la región.
Evo Morales fue puesto a prueba el 10 de agosto de 2008 en un referendo revocatorio de mandato, el cual ganó por más del 60% del total de los votos, supuestamente la oposición acataría los resultados y permitiría continuar con sus políticas; pero un mes después, en septiembre, se viviría una de las más difíciles situaciones de orden público del país andino, los opositores del gobierno del presidente Morales habían bloqueado carreteras, tomado instalaciones gasíferas, destruido oficinas gubernamentales y sedes de organizaciones sociales e indígenas, además de agredir a los seguidores del gobierno. El 11 de septiembre ocurrió la masacre del Porvenir en la provincia de Pando, esta fue la gota que reboso la copa. De la agresión al asesinato, más de 30 muertos, en su mayoría campesinos que apoyaban al gobierno boliviano, estos fueron acorralados en una carretera mientras grupos paramilitares los esperaban armados para no dejarles avanzar en su marcha, en este encuentro se ejecutó la masacre instigados por el prefecto de Pando, Leopoldo Fernández quien tiene un largo historial de corrupción, amenazas y muerte a sus contradictores.
En este violento contexto se desarrollaria el IX Festival de Cine y Video de los Pueblos Indígenas. Del 11 al 13 de septiembre de 2008 en Santa Cruz de la Sierra y en La Paz, del 14 al 20 del mismo mes, 15 días antes, se realizaría un Festival itinerante en comunidades. Era un mes de programación para le exhibición audiovisual de las producciones de los pueblos indígenas de América, pero los sucesos en Pando y en Santa Cruz, donde fueron destruidas las sedes del CEJIS (Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social), CPESC (Coordinadora de Pueblos Étnicos de Santa Cruz) y el CIDOB (Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia) obligó al festival suspender la programación y desarrollar sólo las actividades en la Paz.
Marta Rodríguez era invitada de honor del festival y presentaría en este evento un primer corte de su última producción “Testigos de un Etnocidio: Memoria de la Resistencia” pero la sorprendió encontrar en Bolivia otro etnocidio. El matiz del caso colombiano y el boliviano son diferentes, pero el problema es el mismo: la lucha por los derechos y la igualdad de las comunidades indígenas. Bolivia donde el 62% de la población mayor de 15 años se identifica con algún pueblo indígena, esta sufriendo un ataque racista, auspiciado por políticos e industriales que se apropiaron de grandes territorios y que desangraron el país cuando estaban en el poder, ahora como opositores organizan y financian la formación de grupos que están agrediendo verbal y físicamente a los que se reconocen como indígenas. El proyecto de redactar una nueva constitución y las políticas de recuperación de tierras que pertenecían a latifundistas, la nacionalización de recursos naturales, especialmente los hidrocarburos, han demostrado que Evo Morales los tienen en jaque. La llamada oposición no quiere perder lo que por años usufructuaron y han recurrido a estrategias fascistas para no permitir el curso de la nueva historia boliviana más incluyente e igualitaria.
Cuando Marta Rodríguez, en Colombia, viajó al Vichada en 1970 a documentar la masacre de Planas se dio cuenta de la persecución a los indígenas. Vivió el racismo de los colonos que decían “Usted quiere tratar con racional o con irracional”, eran animales que se debían exterminar. El etnocidio no ha cesado, el cine de Marta ha registrado el asesinato de líderes y las masacres de las que han sido víctimas las comunidades indígenas, en un estado que ha dejado los casos en un segundo plano como muestra de su poco interés y complicidad. A diferencia de Bolivia que la población indígena es del 62%, en Colombia no llegan al 3%, pero este número que parece pequeño ha marcado la historia de los movimientos sociales de la nación, desde la recuperación de tierras en el Cauca en los 70, hasta la gran minga indígena del 2008. Toda su lucha ha estado marcada por sangre, como lo demuestran los recientes casos: El asesinato por parte del ejercito de Edwin Legarda, esposo de la consejera mayor de la ONIC Aida Quilcue y la granada en una fiesta en el corregimiento de Atanques, el 31 de diciembre de 2008, dejando a 5 muertos y 60 heridos de los Kankuamos, etnia que en los últimos cuatro años ha sufrido la muerte de más de 300 de sus integrantes a manos de los paramilitares.
“Testigos de un Etnocidio: Memoria de la Resistencia” llega en un momento histórico para Latinoamérica, validando las luchas de los pueblos indígenas por el respeto y la dignidad. Es una película universal donde se verán reflejados todos los movimientos étnicos que son perseguidos y ultrajados, será una herramienta de denuncia, de cómo son tratados los pueblos originarios por los estados y cómo han sido castigados por defender su identidad. Bolivia y Colombia no son tan distintos mientras siga existiendo el etnocidio, una historia que es compartida con toda América, pues la lucha continua y ahí estará el cine y el video de Marta Rodríguez para documentarlo hasta el final.

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